El Cuento de la Criada y el problema de la presentación, el nudo y el desenlace

Imagen de Robert Fotograf en Pixabay

La estructura narrativa clásica todo el mundo se la sabe: presentación, nudo y desenlace. El equilibrio a alcanzar entre estas tres partes es menos conocido, pero, como aprendí de Ignacio Ferrando en sus clases de la Escuela de Escritores, se puede cuantificar en función de la cantidad de texto:

  • Presentación: 15 a 30 por ciento.
  • Nudo:  45 a 75 por ciento.
  • Desenlace: 10 a 30 por ciento.

Es decir, una estructura narrativa tipo guardaría unas proporciones entre el 15-75-10 y el 30-40-30, con un punto intermedio de 25-60-20.

La proporción áurea de la escritura

Puede que desde un punto de vista romántico, suene mal convertir las palabras en números y calcular los textos como una receta. Pero la escritura es arte, técnica y oficio, no inspiración divina y a escribir se aprende igual que se aprende a pintar o a esculpir. Los artistas plásticos se forman a base de examinar a los maestros, analizar sus aciertos y tratar de replicarlos con una visión propia.

Los escritores, aunque dentro de la propia profesión se resistan, deberían también examinar la técnica más allá de las palabras, por eso plantear la estructura narrativa en términos numéricos es tan legítimo como utilizar la proporción áurea en un cuadro.

Margaret Atwood puede considerarse una de las maestras contemporáneas; nadie como ella para crear ambientes e hipnotizarnos a través de las páginas de un libro. El Cuento de la Criada es probablemente su obra más conocida desde que HBO decidió convertirla en una serie de televisión (que todavía tengo pendiente). Estructuralmente, sin embargo, me parece una obra imperfecta. Sin desvelar nada de la trama, explicaré a continuación por qué.

Puntos de giro: el protagonista en acción

Lo que separa la presentación del nudo y el nudo del desenlace es el “punto de giro”, ese momento en el que el personaje principal, en este caso la criada, cambia el curso de los acontecimientos con una decisión trascendental. 

El punto de giro implica cambio, sea interno o externo. Se puede simplificar en una pregunta o un dilema del protagonista: ¿debo jugar o no debo jugar al Scrabble?, ¿cojo la espada y me voy a morir a Troya?, ¿acepto o no acepto el vestido que me regala mi hada madrina?, ¿acompaño a Obi Wan a Alderaan?

Esa capacidad de decidir y hacer avanzar la trama es la característica principal del protagonista: la historia cambia por lo que el personaje principal hace porque es su historia, el camino que tiene que recorrer. No hay trama ni argumento sin cambio y no hay protagonista sin voluntad. Cuando un personaje no tiene ninguna influencia sobre su entorno no deja de ser una víctima de los acontecimientos, un narrador o un enfoque que utiliza el autor para contar algo. Eso no es narrativa, es ensayo, viñeta costumbrem cuento didáctico o lección moralizante. 

Una decisión que cambia su destino para siempre

Otro profesor de narrativa, Marcelo Soto, esquematiza la estructura presentación-nudo-desenlace en un patrón sencillo: el protagonista toma una decisión (primer punto de giro) que le lleva a una serie de equivocaciones (el nudo) y luego toma la decisión adecuada (segundo punto de giro). Es decir, el primer punto de giro pone al personaje a andar y el segundo le lleva a su meta.  

En el caso de El Cuento de la Criada, el primer punto de giro nos lo encontramos al 45 por ciento del libro (en un libro electrónico estos cálculos te los facilita el propio archivo). La criada, después de describirnos el entorno distópico de la república de Gilead y el opresivo ambiente de la casa Defred, de la que toma hasta el nombre, hace por primera vez demostración de tener una voluntad propia: planteada una disyuntiva, toma una decisión que cambiará su destino para siempre.

Esto nos deja tan solo un 55 por ciento del libro para el nudo y el desenlace. Si tenemo en cuenta que al final la autora incluye un (delicioso) epílogo en forma de disertación académica, que ocupa el 5 por ciento del libro, el nudo y el desenlace se nos quedan en la mitad del libro. Esa pequeña acción de la criada lleva a una serie de acciones cada vez más grandes y más disruptivas, hasta que la situación se vuelve insostenible.

El esponjamiento del principio, un mal de los escritores

Al fenómeno de alargar la presentación y desequilibrar la estructura narrativa lo denomina Ignacio Ferrando “esponjamiento” del inicio. Como una esponja que absorbe agua y crece, la presentación va fagocitando todo el libro a base de descripciones, referencias al pasado y reflexiones. En El Cuento de la Criada es un fenómeno evidente: superado el primer punto de giro, la criada deja de referirse tanto a su pasado y empieza a centrarse en su presente. El mundo rojo, azul, verde y marrón de Margaret Atwood se pone en movimiento. 

El esponjamiento del inicio es un fallo frecuente en la narrativa de los escritores novatos y los profesores de escritura tienen que lidiar con él a diario.  Afecta particularmente a los creadores de mundos imaginarios (ciencia ficción, fantasía) ya que resulta muy fácil perderse en los detalles de la cosmogonía, sobre todo cuando se trabaja, como Margaret Atwood y en general los autores de distopías, en un material que tiene una fuerte carga ideológica.

 Al poner los personajes en el tablero de juego, a los autores se nos olvida que tienen que moverse. Nos enamoramos del escenario, la filosofía y los detalles y se nos olvida que al lector le interesa, principalmente, el nudo, lo que le pasa al protagonista por el camino y como consigue, o no, remontar la situación.

El Cuento de la Criada sufre profundamente ese esponjamiento, pero eso no quita de su condición de gran obra literaria. La intensidad de la prosa de Margaret Atwood,  el inquietante ambiente que construye en Gildead, su maestría en el trabajo de los silencios y los espacios y la complejidad psicológica del personaje atrapan al lector y le llevan por el libro como uno de los turistas que aparecen en sus páginas: fascinado y espeluznado por un mundo que resuena inquietántemente posible. 

Escurrir para solucionar el problema

La solución obvia ante el fenómeno de esponjamiento es escurrir la esponja y quitarle el agua sobrante, es decir, equilibrar la estructura haciendo que la presentación sea más corta. He aquí algunas ideas:

  1. Recortar: es la vía más radical y dolorosa para muchos escritores, muy reacios a considerar que nada de lo que han escrito es supérfluo. Una posible solución es evcontrar  un lector beta, un editor o un corrector que detecte los contenidos que pueden desaparecer sin quitarle nada a la trama y al tema del libro.
  2. Repartir: ¿es realmente necesario que el lector conozca todos los detalles antes de que echar a rodar la trama? Hay circunstancias, datos y explicaciones que se pueden dispersar a lo largo del libro. Aunque esto exige un esfuerzo de reestructuración del contenido, también puede añadir tensión a la trama. Al no entender o saber todo desde el inicio, el lector tiene más interés en pasar páginas, ya que hay más preguntas que resolver.
  3. Anexar: Incluir apéndices y anexos en el texto no parece a priori una fórmula muy recomendable si no te llamas J. R. R. Tolkien y estás obsesionado con el lenguaje, las fechas y la geografía de la Tierra Media.  Sin embargo, las posibilidades de la narrativa transmedia hacen que esta técnica tenga cada vez más interés: una página web o una cuenta de redes sociales en la que ofrecer detalles que tuvieron que quedar fuera del libro puede ayudar a construir una comunidad lectora y a satisfacer la necesidad del autor de compartir todos los detalles.

Como cuarta opción y si se confía mucho en la propia fuerza de la prosa, se puede tomar la decisión de Margaret Atwood: dejar la narración tal y como está e hipnotizar a nuestro público para que siga leyendo.

 

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